
Análisis y Perspectivas 2026. Buenos Aires, Argentina
Enero 2026 | Sofía Speranza
La discusión entre CBD y corredores periféricos suele plantearse como una comparación entre ubicaciones “prime” y alternativas más económicas. En la práctica, esa lectura es insuficiente. La diferencia entre ambos no está solo en la localización, sino en cómo se comporta la oferta, qué tan restringido está el inventario competitivo y cuánta capacidad tiene el mercado para responder a una necesidad concreta. Entender esa dinámica es clave cuando una empresa enfrenta un proceso de renovación, relocalización o ajuste de su espacio.
El Central Business District (CBD) agrupa los corredores con mayor consolidación corporativa de una ciudad. En estos se concentra una parte relevante de la demanda más estable: sedes corporativas, servicios financieros, firmas profesionales y compañías con requerimientos altos de conectividad, visibilidad y entorno urbano.
Más allá de su carácter simbólico, el CBD se distingue por una condición estructural: la oferta de espacios verdaderamente competitivos es limitada. No todo el inventario cumple con estándares actuales de eficiencia, placas funcionales o características técnicas alineadas con lo que hoy buscan los ocupantes. Esto reduce el margen de maniobra, incluso en escenarios donde la demanda no es particularmente agresiva.
En este contexto, el CBD no es un mercado rígido por falta de interés, sino por escasez relativa de opciones que respondan plenamente a los requerimientos corporativos actuales.
En el caso de Colombia, el CBD suele estar conformado por corredores como Chicó, Andino, Calle 100, Santa Bárbara y Avenida Chile, zonas donde históricamente se ha concentrado el inventario más representativo del mercado de oficinas y donde la disponibilidad de espacios competitivos tiende a ser estructuralmente restringida.
Los corredores periféricos operan bajo una lógica distinta. Son mercados con mayor diversidad de inventario y, en muchos casos, con una capacidad de absorción más flexible, lo que amplía el rango de opciones disponibles para el ocupante.
En Colombia, estos corredores suelen incluir zonas como Periférico Norte, Periférico Occidente, Salitre, Dorado y Noroccidente, áreas que han concentrado buena parte de la oferta capaz de absorber movimientos corporativos que no encuentran respuesta inmediata en el CBD.
Su relevancia no está en funcionar como una alternativa “secundaria”, sino en permitir combinaciones más amplias entre metraje, configuración, tiempos de ocupación y condiciones económicas, especialmente cuando los requerimientos no encajan en una oferta altamente restringida. En estos corredores es más frecuente encontrar:
— Edificios con placas más eficientes o mayor capacidad de adaptación
— Opciones para movimientos por etapas, consolidaciones o ajustes progresivos
— Mayor margen de negociación en términos contractuales.
Este conjunto de factores hace que los corredores periféricos ofrezcan mayor capacidad de respuesta del mercado, particularmente en procesos donde la especificidad del requerimiento o los plazos de ejecución son determinantes.
La diferencia entre el CBD y los corredores periféricos no está en la jerarquía de las ubicaciones, sino en el tipo de restricciones que impone cada mercado. Mientras el CBD tiende a concentrar la demanda más estable, también presenta una menor elasticidad para absorber requerimientos específicos en plazos definidos. Los corredores periféricos, en cambio, suelen ofrecer mayor capacidad de ajuste, tanto por diversidad de inventario como por condiciones de entrada más flexibles.
Esta diferencia no implica un desplazamiento estructural de la demanda, sino una reconfiguración de cómo se toman las decisiones inmobiliarias. En muchos procesos, la elección del corredor no responde a una preferencia inicial, sino a dónde el mercado puede responder con menor fricción.
Leer esa diferencia es clave para entender por qué ciertas decisiones avanzan con rapidez y otras quedan condicionadas por la falta de opciones viables, aun cuando el interés por una ubicación específica se mantiene.
Analizar la ubicación únicamente desde el plano urbano suele llevar a conclusiones incompletas. En la práctica, la decisión inmobiliaria se define menos por el punto geográfico y más por las restricciones reales que impone el mercado en cada corredor.
La primera variable a evaluar es el nivel de especificidad del requerimiento. A medida que una empresa necesita placas eficientes, metrajes continuos, condiciones técnicas particulares o plazos de ocupación acotados, la ubicación deja de ser una preferencia abierta y se convierte en una función de la oferta disponible. En este escenario, la percepción general del corredor importa menos que la existencia efectiva de espacios que cumplan con el encargo.
El segundo elemento es la naturaleza del movimiento. No es lo mismo una expansión que una relocalización, ni una consolidación que una optimización de costos. Muchos procesos actuales no buscan crecer, sino alinear el espacio con la operación real de la compañía, lo que cambia por completo el tipo de inventario que resulta viable. En estos casos, la flexibilidad del corredor pesa más que su posicionamiento histórico.
Finalmente, aparece una variable que suele subestimarse: el tiempo. En numerosos procesos, la principal limitación no es presupuestal ni estratégica, sino la capacidad del mercado para responder dentro de los plazos definidos. Cuando el calendario manda, la ubicación se define por dónde existen opciones ejecutables, no por aspiración.
En este contexto, la elección entre CBD y corredores periféricos deja de ser una discusión teórica y se convierte en un ejercicio práctico de ejecución. La pregunta ya no es dónde quiere estar la empresa, sino dónde el mercado permite materializar la decisión sin sacrificar tiempos, funcionalidad o viabilidad operativa.
Elegir entre CBD y corredores periféricos no es una declaración de principios ni una preferencia abstracta. Es una evaluación práctica sobre dónde el mercado puede responder y dónde impone límites.
En un entorno donde las decisiones inmobiliarias son cada vez más racionales y menos aspiracionales, la ubicación deja de ser un punto fijo y se convierte en una variable condicionada por disponibilidad real, tiempos y capacidad del inventario para adaptarse.
“La mayoría de las decisiones no se caen por falta de presupuesto ni por falta de interés en una ubicación, sino porque el inventario disponible no alcanza a responder cuando el calendario ya está corriendo.”
Mauricio Romero, Office Associate, Newmark Colombia.
Aurora Turriago
Research & Marketing Director, Newmark Colombia

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